De la certificación como medio a la certificación como objetivo: Cifuentes, su TFM y la universidad como fraude

Estamos todos sorprendidos, nadie da crédito. Alguien escribe que todos los que han realizado un máster en España deberían salir a las calles a clamar por su título, que las universidades han de entrar en huelga, que los responsables de la ANECA deberían dimitir.Pero, no nos engañemos, el fraude que estamos presenciando no es solo el fraude de la presidenta de la Comunidad de Madrid, es el fraude del sistema, un sistema que no es que haya olvidado, como intentan hacernos creer, su para qué, su función y su lugar en el mundo, sino que, más bien, este sistema ha sido trastocado, manipulado y dirigido para que no se cumpla la verdadera función del aprendizaje, que no es otra que la emancipación intelectual de los aprendices.

Pero, más allá de las guerras políticas, nadie sale a quejarse, nadie se indigna de verdad, porque la realidad es que este caso de fraude académico es nuestro propio fraude, la constatación de que la universidad (y, por desgracia, el resto de los contextos educativos donde, supuestamente, ha de tener lugar la educación de las y los españoles) es un dispositivo institucional en el que la certificación de los aprendizajes ha dejado de ser un medio y se ha convertido en el verdadero objetivo: certificar ha dejado de ser el procedimiento que tenía lugar tras la consecución del aprendizaje para pasar a sustituirlo.

La sustitución del aprendizaje por la certificación y la instauración de los procesos de enseñanza como fraude han tenido unas consecuencias devastadoras. La anulación del deseo de aprender es una de las más relevantes. En mis veinticuatro años como profesora de la universidad pública madrileña, he visto cómo, de manera consciente, la efervescencia por aprender, la energía agitada por llegar a clase, la ilusión por descubrir y generar conocimiento se han ido transformando, lenta pero inexorablemente, en actos de aplacamiento de ese propio deseo y mucha resignación. Cuando los estudiantes de segundo curso solo quieren que el tiempo pase lo más rápido posible para poder terminar la carrera, nos situamos en el zénit de la certificación: el deseo de aprender se sustituye por el deseo de que el tiempo corra para no tener que sufrir las torturas del academicismo.

La sustitución del placer por la simulación narcótica es otro de los procesos que, imparable, nos ha llevado a esta situación. La energía voluptuosa que encontramos en los ciclos de infantil y primaria se va apagando a golpe de examen, a golpe de deberes, a golpe de estar sentados ocho horas en la misma silla, mientras la vida y todo lo que acontece relacionado con la curiosidad sagrada suceden en otro lugar. Ocho horas, durante al menos diez años de nuestras vidas, dedicadas a amansarnos tienen como consecuencia la aceptación del fraude y todo lo que el fraude conlleva, por ejemplo, la seriedad.

Una seriedad mal entendida. Una seriedad que, en vez de relacionarse con la honestidad y el respeto al otro, se identifica con una posición despegada, alejada, de desprecio hacia todo aquello que se considera en un determinado nivel, normalmente inferior. Una seriedad académica patriarcal que se atreve a dictar lo que es válido y lo que no. Una seriedad que establece que los textos académicos se escriban en tercera persona, que las citas se realicen de una determinada manera, que la energía se consuma en el seguimiento de las normas APA, en vez de trabajar sobre un concepto de seriedad que valide la selección de temas relevantes, la investigación sincera, el error y la metáfora.

Y, en tercer lugar, la tácita separación entre afectos y conocimiento genera procesos individualistas que impiden la creación de comunidades, de piñas, de sororidad y de potencias compartidas. Desvincular el conocimiento del amor es como desvincular el crecimiento del agua, un proceso imposible, porque solo desde la piel, desde lo biográfico, desde las subjetividades y desde lo situado se puede ir más allá para educar y educarnos. Y, a pesar de la importancia de lo común, seguimos redactando trabajos de fin de grado, de fin de máster y tesis doctorales individuales, lo que demuestra que lo verdaderamente importante en estos tres ejercicios es la certificación, y no el aprendizaje.

En la última novela de Virginie Despentes, Vernon Subutex y la comunidad de personajes subalternos que lo acompañan en la creación de un mundo paralelo generan conocimiento mediante lo que ellos denominan contingencias, reuniones de cuerpos danzantes en la oscuridad en las que surge una magia particular que nadie se explica, cargada de asombro y extrañamiento. La experiencia de la contingencia aúna deseo, placer y afectos, precisamente los tres conceptos que han sido erradicados de los lugares que hemos construido para generar aprendizaje, como las escuelas, los museos o la universidad. Y no es una casualidad que la danza y el cuerpo sean los protagonistas de dichas contingencias; no es una casualidad que Despentes sitúe las artes en el centro de la experiencia.

Que los procesos de aprendizaje en la universidad hayan sido transformados en procesos de certificación responde, una vez más, a una estrategia política clásica. Convertir el poderoso proceso de aprender en el triste asunto de aprobar, como tantas otras cosas, no es una consecuencia, es un acto deliberado. Yo misma he pagado y soportado este proceso a cambio de conseguir un papel que certifica que soy doctora.

Silvia Federici, en su obra Calibán y la bruja, nos explica cómo la ética burguesa, a través del capitalismo, convierte la adquisición en el objetivo final de nuestras vidas, en vez de un medio para que podamos vivir. Prolongado este proceso hacia lo educativo, hemos pasado de la certificación como medio a la certificación como objetivo, ese objetivo desligado del aprendizaje que han demostrado tener Cifuentes y todos los demás. Combatir este hecho no pasa solo por transformar la universidad, sino por generar un giro educativo radical en el que la certificación vuelva a entenderse como un medio.

*Todas las fotos del presente post han sido realizadas por el fotógrafo Juan Patiño y pertenecen a la sesión final de la asignatura Cuerpo del Master en Innovación Educativa de la Universidad Carlos III de Madrid

 

7 Comments

  • clotilde dice:

    Es cierto , cuantas personas saben,conocen, tiene inquietudes por continuar aprendiendo, realizan un trabajo social loable y no tienen certificación.

  • Marta dice:

    Y lo peor de todo es la exigencia del certificado, la necesidad que se genera de la tenencia del certificado, para obtener determinados objetivos, sin plantearse qué hay realmente en ese paquete envuelto con un título y unas firmas.

  • Erika ayala dice:

    Estoy sombrada
    Practicamente usted acaba de describir la educacion en mi pais donde mis colegas no entran a clases solo se presentan a,examen mis maestros carecen de creatividad o deseos de endeñar y nosotros solo queremos aprobar para ser certificados en un.mundo laboral casi depresivo pero muy exigente para sentarme por años hacer lo mismo practicamente esclavisada por unos cuantos centavos

  • Ángel dice:

    He leído sólo los primeros párrafos, pero creo que todo lo que dice es verdad. Aunque creo que olvida lo primordial, el sistema educativo debería ser un mecanismo de ascenso social con fundamentos meritocráticos. Sin embargo los poderosos esquivan la meritocracia creando universidades como la Rey Juan Carlos. Lo explicó Pierre Bordieu en su libro Los Estudiantes y la Cultura. Por aquél entonces los estudiantes pudientes eran los únicos que aprendían latín, creo. Actualmente el idioma inglés es lo que supone la barrera real.

  • Nerea dice:

    Es cierto. Actualmente, los alumnos de Universidad solo buscan la obtención de un título que certifique unos conocimientos que posiblemente no hayan alcanzado.
    Cada día, en mi clase, veo como muchos de mis compañeros siguen en el grado porque, citando textualmente, “para un año que me queda, me espero y por lo menos consigo esta titulación”, esto años atrás sería algo inaudito.
    Por otra parte, la motivación muchas veces también va decayendo con el paso de los años. En mi caso el mero hecho de haber estado 22 años en una silla escuchando la lección que imparten los profesores y sin, todavía, ver una aplicación práctica de lo aprendido, es bastante frustrante.
    Finalmente, espero que esta percepción que existe hoy en día en la Universidad cambie dentro de unos años. Ya que nuestra sociedad, ante todo, necesita a profesionales formados mediante la motivación, el esfuerzo y la dedicación plena.

  • Cuanto aprecio esta visión desacomplejada y nítida de los límites de nuestros sistemas educativos!! No había entrado jamás en este lugar web (en cambio, sí he entrado muchísimas veces en el lugar apasionante de sus extraordinarios libros, tan útiles para los que queremos aprender algo y para los que enfrentamos la difícil tarea docente de apoyar a los que quieren aprender algo….
    Le envio un pequeño vídeo de un pequeño proyecto educativo que llevamos a cabo en nuestro Instituto en Cataluña.

    (Por cierto que Cataluña, contra todo pronóstico y bajo la más severa de las represiones inducidas por el autoritarismo del poder, sigue levantándose cada dia mirando hacia un futuro mejor. No nos olviden! No olviden a nuestros representantes legítimos encarcelados!).

    Aquí està el vídeo : https://youtu.be/KATyXqD55zc

  • Carmen dice:

    Totalmente de acuerdo con lo que la certificación se ha convertido en el objetivo principal de los estudiantes. Desde mi experiencia como alumna de tercero de pedagogía, cada vez que entro a clase me doy cuenta que lo que importante es aprobar y si has aprendido algo con ello, es secundario.

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